La energía no se crea ni se destruye, tan solo se transforma. Y en cada transformación una parte deja de ser útil para generar un nuevo trabajo, se disipa en forma de calor. Estos son los pilares del funcionamiento físico de todo proceso, ya sea natural o artificial. Son las Leyes de la Termodinámica. Y todo el mundo que esté relacionado con el sector energético, debería tenerlo muy presente. Sería deseable, incluso, que lo tuviéramos tan interiorizado que rigiera nuestros actos y decisiones sin tener que pensar, por defecto.

El ingeniero lo tendrá en cuenta a la hora de diseñar una nueva máquina, el legislador y el regulador tendrán que intentar que la norma no contravenga la termodinámica, el sociólogo entenderá que las sociedades aumentan sus niveles de complejidad degradando cada vez más energía (y potencia) lo que da percepción de progreso y de comodidad, el ecólogo entenderá que las sociedades complejas pueden sostenerse en la medida en que dispongan de recursos energéticos y materiales y, a la vez, de imbornal donde disipar los residuos sólidos, líquidos y gaseosos. El filósofo deberá darnos herramientas para saber cómo encaramos el reto del calentamiento planetario. El ciudadano deberá adaptar su modelo de consumo y compra a un mundo de recursos finitos. La empresa deberá minimizar el CO2 embebido en su producto, el economista deberá no solo incorporar las externalidades ambientales (por ejemplo, con la tasa de CO2), sino llegar a interiorizar la termodinámica en el proceso económico. Y esperamos que el poeta y el músico nos pongan la banda sonora de los tiempos que estamos viviendo y, sobre todo, los que afrontarán las generaciones que vienen.

Es un contexto de cambio de paradigma, que nos obliga a gestionar la incertidumbre, a entender que la evolución de los sistemas complejos –como la sociedad o los ecosistemas– no es lineal ni sigue una lógica causa-efecto. Un momento en el que debemos saber complementar la visión del especialista con la visión del generalista para, juntos, tomar las decisiones del día a día con un claro objetivo de desfosilización a medio plazo.

Para realizar este camino, tenemos una herramienta muy potente: la tecnología. No es suficiente, pero es necesaria. Energías renovables, almacenamiento, digitalización... son medios, no fines, para transitar desde una sociedad devoradora de energía y en pleno proceso de aceleración desde hace décadas gracias al aprovechamiento de la potencia que nos aportan los combustibles fósiles (recordemos: potencia es energía dividida por tiempo) hacia sociedades viables en el tiempo, más frugales y que tengan como objetivo hacer compatible el nivel de desarrollo necesario con los recursos (e imbornal) disponible.

De todas las tecnologías que podríamos analizar, la “eficiencia energética” sintetiza como ninguna otra lo que estamos hablando. Nos permite reducir las pérdidas,  hacer más con menos, adaptarnos a la fluctuación de los recursos renovables y la disponibilidad de las redes, minimizar el uso de materiales y recuperar aquellos que se puedan. Aprovechar más y mejor los recursos disponibles y minimizar los residuos. El conjunto de soluciones de eficiencia energética incluyen también el comportamiento de quien consume, para evitar el efecto rebote indeseable. Y todo esto es posible porque la eficiencia energética nos introduce “información” en el proceso de diseño, consumo, compra, decisión. Nos redimensiona el tiempo de los procesos, alargándolos, para lograr una menor demanda de potencia. Nos permite no sólo ahorrar energía sino desplazar el momento del consumo atendiendo a criterios de oportunidad y anticipación (por ejemplo, disponibilidad de recurso renovable o de capacidad de la red). La Eficiencia energética forma parte del conjunto de instrumentos -quizás es uno de los más potentes- que tenemos para circunscribir nuestro funcionamiento como sociedad dentro de los límites de la termodinámica y de la biosfera.

Y para que todo esto sea posible, es necesario un marco normativo y una regulación que dé señales económicas a todos los agentes para avanzar en un despliegue masivo de la eficiencia energética y la flexibilidad del proceso generación-almacenamiento-consumo. En pleno debate de la reforma del mercado eléctrico no podemos olvidar que el cambio hacia tecnologías desfosilizadas debe tener también sentido económico. Esto implica reforma de la formación de precios en el mercado mayorista sin anestesiar la señal horaria de forma que el precio refleje la variabilidad de costes de la producción en cada momento. Pero repensar el modelo implica también ver cómo adaptar el diseño de las redes eléctricas y de gases (y su retribución) y, sin duda, la fiscalidad tanto dentro de Europa como en el contexto global (carbon borden tax). De esta forma podremos aprovechar las eficiencias económicas de la eficiencia energética y será necesario que éstas se trasladen también a los consumidores a través de mercados competitivos.

La eficiencia energética es pues uno de los ejes clave de la transición energética porque nos permite encontrar un buen compromiso del trilema energético: nos reduce dependencia de importaciones energéticas, mejora la calidad de suministro, nos facilita la consecución de los objetivos ambientales y permite energía más competitiva por el consumidor. Pongámosla, pues, entre nuestras prioridades individuales y colectivas.