Vivimos en un momento clave. La emergencia climática y la crisis energética ya no son conceptos abstractos: tienen impactos reales, especialmente en Europa y, en particular, en el Mediterráneo. A todo ello se suma una dependencia muy elevada del petróleo y del gas natural, que nos hace vulnerables tanto económica como geopolíticamente.

Ante este escenario, existe un amplio consenso: la transición energética es inevitable. Y la electrificación de la economía debe ser su pilar fundamental. Pero no todos los sectores se pueden electrificar fácilmente. Algunos procesos industriales de alta temperatura, así como el transporte marítimo, aéreo o terrestre de larga distancia, necesitan alternativas complementarias.

Es aquí donde entra en juego el hidrógeno renovable y los combustibles sintéticos derivados del mismo.

¿Por qué el hidrógeno es tan relevante?

El hidrógeno ya es hoy una pieza clave de nuestra economía, especialmente en la industria química y petroquímica. El problema es que, actualmente, la mayor parte de este hidrógeno se produce a partir de gas natural, generando grandes cantidades de emisiones de CO₂. Es lo que conocemos como hidrógeno “gris”.

La sustitución progresiva de este hidrógeno por hidrógeno renovable no solo permitiría reducir emisiones de manera muy significativa, sino que abriría la puerta a una transformación profunda de nuestro tejido industrial.

¿Qué papel puede jugar nuestro país?

La pregunta es legítima: en este nuevo escenario energético, ¿qué papel podemos desempeñar como país?

La respuesta pasa, en gran medida, por el coste de producir hidrógeno renovable. Y aquí hay un factor determinante: el precio de la electricidad. Entre un 60 % y un 70 % del coste del kilo de hidrógeno renovable depende directamente del precio del kWh eléctrico.

Esto nos sitúa en una posición privilegiada. Las condiciones de sol, viento, disponibilidad de terreno y densidad de población hacen que la Península Ibérica esté entre las regiones de Europa con mayor potencial para generar electricidad renovable a bajo coste. Y esto es una clara ventaja competitiva.

Es cierto que se podría importar hidrógeno de otras regiones aún más baratas. Pero volveríamos a una dependencia externa que Europa, tras lo vivido, quiere evitar. Por ello, la decisión es clara: producir una parte relevante del hidrógeno con recursos propios.

Más allá de la energía: una oportunidad industrial

La apuesta por el hidrógeno renovable no es solo una cuestión energética. Tiene un impacto directo en la industria y la economía.

Hablamos de nuevas fábricas de electrolizadores, componentes, servicios de ingeniería, software, instalación, operación y mantenimiento. Hablamos de empleo cualificado, atracción de talento, nuevos centros de formación y nuevas competencias. En definitiva, de una reindustrialización basada en tecnología y conocimiento, sin emisiones.

Pero, ¿dónde estamos y cuál es la realidad?

Visto lo visto, parece que estamos bien posicionados y preparados para afrontar esta carrera, que será absolutamente estratégica para lo que queda del siglo XXI. Ahora bien, ¿ha comenzado la carrera? Y… ¿a qué ritmo avanzamos?

Permitidme recurrir a metáforas:

  • Disfrutamos de un buen estado físico (tenemos potencial para generar electricidad renovable a buen precio)

  • Disponemos de una mochila llena de barritas energéticas (tenemos subvenciones tanto europeas como españolas —hasta ahora, del orden de 3.000 M€)

  • Pero aún no nos han llegado las zapatillas de correr que compramos (no tenemos una infraestructura dedicada para transportar hidrógeno)

  • Y tampoco han llegado los grupos de animación que tanta falta nos hacen para una carrera larga (la industria aún no está preparada, o suficientemente incentivada, para pagar un precio superior por el hidrógeno renovable o sus combustibles derivados)

Así, las preguntas son evidentes: ¿cuándo llegarán las “zapatillas”? ¿Y cuándo llegarán los grupos de animación?

¿Cuándo dispondremos de lo que falta?

En cuanto a las “zapatillas” (infraestructura), todo indica que pronto comenzará la construcción de corredores de hidrógeno que conectarán las zonas de producción con los grandes centros de consumo. España, Portugal, Francia y Alemania avanzan de forma coordinada, y Alemania ya ha iniciado su desarrollo.

En cuanto a los grupos de animación (es decir, los offtakers o consumidores), habrá que esperar a:

  • la transposición de la Directiva Europea de Energías Renovables (RED III), que obligará al transporte y a la industria a realizar esta transición mediante el cumplimiento de determinados ratios de consumo. Se espera a principios de 2027, con una aplicación progresiva.

  • que el precio del hidrógeno renovable empiece a mostrar señales de reducción, acercándose al del hidrógeno gris. Para ello, es necesario que la tecnología de los electrolizadores siga madurando y que avancemos decididamente en digitalización y gemelos digitales, para optimizar procesos.

Plan de carrera

En los últimos dos o tres años se han desarrollado proyectos piloto de pequeña escala, clave para mejorar el rendimiento de los electrolizadores y optimizar procesos. Han sido, en cierto modo, los primeros entrenamientos.

Actualmente, los principales consumidores de hidrógeno —especialmente las empresas petroquímicas— ya han aprobado inversiones para construir sus propias plantas, operativas en dos o tres años. Su ventaja es clara: consumo interno asegurado y sin necesidad de infraestructuras de transporte.

En los próximos años, los proyectos que alcancen una Decisión Final de Inversión (FID) serán principalmente aquellos donde producción y consumo estén muy próximos. Son las llamadas Valles del Hidrógeno: ecosistemas locales con múltiples iniciativas ya subvencionadas.

Más adelante, con la infraestructura desplegada, aparecerán proyectos donde el consumidor final no esté cerca, incluso más allá de fronteras, gracias a conexiones como la prevista entre el Puerto de Barcelona y Marsella.

A ello se suma un marco regulador cada vez más exigente. Con la transposición de la RED III, la demanda de hidrógeno renovable crecerá de forma sostenida, y ciertos sectores deberán adaptarse o asumir penalizaciones económicas.

Una conclusión realista pero optimista

El hidrógeno renovable no es una solución inmediata ni un milagro tecnológico. La carrera será larga y avanzaremos gradualmente. Pero la dirección es clara.

Si aceleramos infraestructura, regulación y demanda, podemos jugar un papel destacado en una transición clave para el siglo XXI.

Joaquim Dauravicepresidente del Clúster de l’Energia Eficient de Catalunya (CEEC) y responsable de Gestión Activa de la Energía en Schneider Electric Espanya.