Durante más de veinte años, la Medición y Verificación (M&V) ha sido la piedra angular para dotar de credibilidad a los proyectos de eficiencia energética. El protocolo IPMVP, desarrollado por EVO, ha permitido que clientes, empresas de servicios energéticos, entidades financieras y administraciones hablemos un idioma común para demostrar que una actuación genera los ahorros prometidos.
Esta metodología ha sido determinante para consolidar el sector. Sin este rigor, la eficiencia energética difícilmente habría alcanzado la madurez actual.
Pero seamos claros: el contexto tecnológico ha cambiado radicalmente.
Cuando el IPMVP se consolidó, la disponibilidad de datos era mínima, la telemedida era un lujo y la capacidad de procesamiento se quedaba muy corta. En aquel escenario, lo más lógico era verificar los ahorros semanas o meses después de implantar una Medida de Actuación Energética (MAE). Era una foto fija.
Hoy jugamos en otra liga. Las plantas industriales y los edificios inteligentes están llenos de sensores, contadores de nueva generación, sistemas SCADA y plataformas IoT que generan información operativa prácticamente en tiempo real. Con todo este despliegue, la pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos aplicando la M&V como si todavía estuviéramos en el año 2000?
No se trata de jubilar el IPMVP ni de poner en duda su validez. Al contrario. El reto actual es aprovechar la digitalización para que sus principios se apliquen de manera continua durante toda la vida útil del proyecto.
Este es el siguiente paso natural para nuestro sector.
De demostrar los ahorros a preservarlos
Tradicionalmente, la M&V ha buscado responder a una sola pregunta: ¿qué ahorro ha generado una actuación respecto de la línea base? El objetivo sigue plenamente vigente, pero el mercado ahora nos plantea otra cuestión: una vez demostrados los ahorros, ¿cómo nos aseguramos de que no se evaporen con el tiempo?
En la industria sabemos perfectamente cómo funciona el día a día. El rendimiento inicial de un proyecto excelente puede degradarse rápidamente por una modificación en la producción, un cambio de consigna no notificado, desajustes en el mantenimiento o la sustitución de un equipo. Son desviaciones silenciosas que nadie detecta hasta que llega la siguiente auditoría o una factura inesperada.
Aquí está la clave del cambio:
La verificación puntual demuestra que el proyecto funcionó.
La verificación continua asegura que sigue funcionando.
Esta diferencia lo cambia todo.
La tecnología ya lo hace posible
La digitalización nos permite conectar entornos que antes trabajaban como islas independientes. Ya no nos limitamos a consultar el contador de energía eléctrica o de gas.
Ahora podemos incorporar variables independientes en tiempo real —datos de producción del sistema MES, parámetros del ERP o del SCADA, variables climáticas, horas de funcionamiento o niveles de ocupación— para modelizar con mucha más precisión el comportamiento energético esperado de la instalación.
Con esta infraestructura, los modelos de referencia se actualizan automáticamente. Podemos recalcular las líneas base de manera dinámica y verificar los ahorros bajo las condiciones reales de operación de cada día. El objetivo no es automatizar el criterio del experto en M&V, sino potenciar enormemente su capacidad de análisis: alertas tempranas para corregir desviaciones antes de que afecten a la cuenta de resultados de la empresa.
Una palanca estratégica para el sector
Esta evolución llega en el momento preciso. Con el mercado de los Certificados de Ahorro Energético (CAEs) plenamente activo, la consolidación de la ISO 50001, los contratos de rendimiento energético y las exigencias de reporting ESG, las empresas ya no tienen suficiente con estimaciones. Necesitan evidencias objetivas, trazables y sostenidas en el tiempo.
La verificación continua transforma la recogida de datos en un proceso sistemático, reduce la dependencia de los informes manuales elaborados a toda prisa y aporta un nivel de confianza muy superior ante verificadores e inversores.
Esta confianza tiene también una dimensión económica. Cuando los ahorros se pueden demostrar de manera objetiva, continuada y trazable, los proyectos ganan credibilidad ante todos los agentes implicados. En este sentido, una Medición y Verificación sólida no solo refuerza el rigor técnico, sino que también contribuye a mejorar la bancabilidad de los proyectos de eficiencia energética.
El reto ya no es tecnológico, es cultural
Desde mi punto de vista, el verdadero desafío del sector ya no es instalar más sensores ni elegir la mejor plataforma en la nube. El reto es cultural.
Debemos dejar de ver la Medición y Verificación como el trámite final para cerrar un proyecto y empezar a integrarla en el ADN de la operación diaria. La M&V no solo sirve para cerrar el expediente y recibir el cheque; debe servir para proteger el ahorro a largo plazo.
Este salto de escala exigirá romper barreras y hacer colaborar directamente a los equipos de producción, mantenimiento, sostenibilidad y finanzas. También requerirá impulsar nuevos perfiles profesionales en el mercado catalán capaces de desenvolverse con la misma soltura entre la ingeniería energética, la estadística y la digitalización industrial.
Mirando hacia el futuro
El IPMVP seguirá siendo la metodología de referencia gracias a su rigor metodológico. Pero, del mismo modo que la industria catalana se está transformando hacia el modelo 4.0, la medición de los ahorros también debe dar este paso.
El futuro de la M&V no pasa por inventar una nueva fórmula matemática, sino por dejar de entender la verificación como un informe estático en PDF y empezar a gestionarla como un proceso vivo.
Porque un ahorro que no se preserva acaba dejando de ser un ahorro.
Àlex Fuentes Leiva es socio fundador de PolarNetZero e Instructor de la Efficiency Valuation Organization (EVO).