Debemos recordar los objetivos europeos de generar nuestra energía de forma limpia y local, reducir en un 55% los gases contaminantes para 2030 y alcanzar la neutralidad climática en 2050. El reto es significativo: debemos pasar de un modelo centralizado a uno más distribuido. ¿Cómo lo hacemos?

Tenemos que “ponernos las pilas” y aprovechar todas las oportunidades para ahorrar y generar energía renovable. La más distribuida es la solar, y se ha calculado que se necesitan unas 30.000 hectáreas, preferiblemente cerca de las zonas de consumo. Sería recomendable comenzar por polígonos industriales y zonas urbanizadas, aunque probablemente no será suficiente. Tampoco se deberían sustituir tierras agrícolas por macroparques solares. En este punto entra la propuesta de la agrovoltaica: producir alimentos y energía en el mismo terreno, garantizando los cultivos y generando un valor añadido para el territorio.

El pasado mes de abril, en el marco del proyecto Comenagro, impulsado por el Clúster de l’Energia Eficient de Catalunya y el Clúster Vitivinícola Catalán, se organizó junto con el INCAVI y algunas bodegas una visita cerca de Perpiñán para conocer distintos viñedos con instalaciones agrovoltaicas. La Chambre d’Agriculture nos presentó un resumen del seguimiento que están realizando en una instalación con paneles dinámicos de SunAgri.

Con la actual crisis climática, muchos cultivos, entre ellos la vid, sufren las consecuencias de las olas de calor, el exceso de insolación, la escasez de agua y fenómenos extremos como granizadas o heladas primaverales, además de los daños causados por la fauna. Algunas viñas están empezando a aplicar sombra sobre las cepas, con resultados positivos tanto para las plantas como para los vinos. En otras zonas, el uso de redes antigranizo se está extendiendo, pero se trata de una inversión con un coste demasiado elevado para muchos viticultores.

La agrovoltaica —la idea de producir energía mientras se protege el cultivo— resulta atractiva, pero como toda novedad, hoy por hoy plantea más dudas que certezas:

  • No siempre mejora el cultivo: en el sur de Francia, con seis años de experiencia, los resultados varían mucho según la variedad; en Italia se observa una disminución de la producción. En Alemania apenas llevan unos años de pruebas y en España las instalaciones sobre viñedos son de pequeñas dimensiones, lo que no permite sacar conclusiones.

  • Vender la energía producida es complicado. No hay certezas sobre los precios a los que se podrá comercializar.

  • La inversión inicial es muy alta y la amortización, lenta.

  • Conseguir los permisos necesarios es complejo.

  • Existen críticas relacionadas con el impacto paisajístico.

Las instalaciones actuales sobre viñedos ofrecen resultados diversos. Entre los efectos positivos, se puede destacar la protección de la vid frente a los picos de calor, las heladas primaverales y, hasta cierto punto, las granizadas. Además, pueden contribuir al ahorro de agua al reducir la evaporación y la transpiración de las plantas.

El calentamiento global nos está llevando hacia vendimias cada vez más tempranas, vinos con menor acidez y mayor graduación alcohólica. La sombra parcial proporcionada por los paneles fotovoltaicos —ya sean opacos o semitransparentes— ayuda a mitigar en parte estos efectos, prolongando la maduración, evitando quemaduras solares en las uvas y dando lugar a vinos con mayor acidez y menor grado alcohólico. No obstante, estos resultados deben confirmarse con estudios posteriores, ya que también se han observado en algunos años producciones por debajo de las referencias, dependiendo de la variedad.

Es necesario, por tanto, seguir investigando, experimentar con distintas variedades, llegar a acuerdos sobre el modelo territorial y buscar las zonas más adecuadas en cada caso para lograr los objetivos medioambientales mediante el consenso.